sábado, 19 de febrero de 2022

Cuenta Conmigo

Soy una convencida de que muchas veces estamos en el lugar correcto y la hora correcta. Y me podrían preguntar ¿Qué es lo correcto? Esas casualidades, que los creyentes llamamos Diosidencias, que te llevan a encontrar aquello que andabas buscando.

Y yo andaba buscando, hacía ya bastante tiempo, una actividad, un apostolado, un grupo, algo que me llevara a hacer algo por los demás. El tiempo no me sobraba, pero sentía que podía acomodarlo para hacer algo por los demás. Tal vez era una necesidad, porque nunca estuve conforme con una vida donde Dios solo esté presente en la oración, también necesitaba hacer obras, como si quisiera “transferir” a otras personas todo el bien recibido.

Y así fue que un día, al finalizar una misa, (esas cortitas de días laborales en Nazareno) Claudio Gelmi (El Padre Claudio) hizo una invitación que llamó mi atención: invitó a todas aquellas personas que quisieran formar parte de un grupo de voluntarios para visitar el hospital Pediátrico de Corrientes. La idea me generó entusiasmo, pero tenía que asegurarme de que ese entusiasmo no fuese pasajero ya que nunca me gustó comprometerme para después abandonar ante el primer obstáculo.

Ya en casa, comenté a mi hermano Horacio que esa invitación había llamado mi atención, él me dijo lo mismo, también estaba interesado, y en ese momento no me convencía la idea de que los dos perteneciéramos a un mismo grupo, pensaba que, nosotros, al ser tan diferentes, afectaríamos la dinámica del futuro grupo. Era solo prejuicio que tenía en ese momento. Lo cierto es que ambos, por separado, hablamos con el Padre Claudio y luego nos confirmó día y hora de una reunión informativa.

No recuerdo la fecha, pero sí tengo muy presente las expectativas que tenía por asistir a esa reunión. Y fui con todo el entusiasmo dispuesta a escuchar. El padre comenzó contando la idea de formar un voluntariado que se dedicara a visitar a niños internados en el Hospital Pediátrico de Corrientes, en el sector de oncología, la idea venía trabajando con Florencia y Josefina, dos estudiantes de medicina, esto se sumaba a la experiencia que tenía Gelmi en un voluntariado de España donde acompañaban a adultos que se encontraban en cuidados paliativos por causa de la misma enfermedad.

Este proyecto me parecía muy atractivo, fuerte, pero sobre todo desafiante. En ese momento pensé que yo estaba preparada para hacer ese “trabajo” ya que pocos años atrás había acompañado a mi mamá en su tratamiento oncológico que había resultado exitoso.

Fuimos a casa con una consigna muy clara: discernir si queríamos formar parte del voluntariado, y al estilo de Ignacio de Loyola, debíamos rezar la decisión haciendo caso a nuestras mociones.

Cada día me sentía más entusiasmada por formar parte de este grupo, aunque no sabía por dónde empezar, ni siquiera conocía el hospital por dentro. Pero las reuniones siguieron y empezamos a estudiar sobre voluntariado, dinámicas en los hospitales y formas de acompañar a los que sufren.

La formación que nos brindó el Padre Claudio Gelmi fue excelente, no solo en lo que se refiere a la dinámica de un voluntariado, sino también en el aspecto humanitario. “Personas que ayudan a personas, porque el dolor compartido duele menos”, nos decía en cada reunión donde se iba formando un grupo de amigos.

Los meses fueron pasando, tal vez dos o tres, y cuando empezamos los trámites para poder ingresar al hospital, hubo una reunión de Gelmi con la Directora del hospital con una nota de por medio que avalaría nuestro ingreso. Por cuestiones de coordinación de días y horario, el primer equipo en ir fue el de mi hermano, ellos irían los días miércoles, y con mi equipo visitaríamos los viernes. Al principio fue difícil el ingreso al hospital, no teníamos nombre, solo éramos “un grupo de voluntarios de la Iglesia Jesús Nazareno” y eso no bastaba para que los guardias dejaran pasar, había que mostrar algo más que acreditara nuestra identidad. Nuestra paciencia se puso a prueba en más de una ocasión, ya que parecía imposible que el personal de seguridad nos dejara ingresar, pero mientras tanto, seguimos preparándonos para contar cuentos.

Un día el Padre, después de hablar nuevamente con las autoridades nos fabricó unas credenciales que sirvieran de pase a esas tan ansiadas visitas, y con ellas empezamos a ingresar. No llevar la credencial significaba no poder entrar al hospital, así que después de los libros de cuento, fue el elemento más importante de ese “kit” que se empezaba a armar en cada mochila.

Me acuerdo como si fuese ayer la primera visita que hice, yo estaba nerviosa, y como éramos solo tres en mi equipo, nos distribuimos al azar las habitaciones a las que ingresaríamos. A mí me tocó conocer a Lucila y su mamá.

Lucila tenía tres años, era del interior de Corrientes y tenía tres hermanos varones más grandes que ella. Me dio escalofríos la coincidencia de su posición en la familia, era como la mía. La mamá hablaba mucho, y lagrimeaba un poco, se la notaba angustiada, pero con ganas de participar en el cuento que yo leía. Eso también me resultaba muy familiar, era como si estuviese viendo un reflejo de mi infancia, exceptuando ese difícil momento que nunca lo había vivido.

Lucila era algo tímida, tenía miedo a las agujas, es que en pocos días ya le habían hecho muchas pruebas, y encima extrañaba a sus hermanos, sobre todo a uno que siempre jugaba con ella.

Esa tarde salí del hospital con una montaña rusa de sentimientos, y con la certeza de que aquello que sabía sobre el cáncer era insignificante para este voluntariado que ya estaba empezando a dejar huellas profundas en mi vida.

Cada domingo, luego de misa de 21hs teníamos reunión, donde comentábamos cómo nos había ido en nuestra visita semanal, aparecían ideas y necesidad de ir más veces durante la semana, pero el padre Claudio con gran tino siempre nos aconsejó que cada equipo fuera solo un día, es que, para ayudar, había que cuidar nuestra salud física y emocional.

Los meses del año 2010 fueron pasando, llegaron nuevos integrantes y nuestro grupo sin nombre se fue dando a conocer. Comenzamos a contar a nuestros amigos en qué andábamos. Recuerdo que una noche, cenando con mis compañeras de facultad, dije que quería contarles algo, y al relatar mi experiencia en este grupo, la respuesta de una de ellas fue: “Tere, estás loca, vos vas para atrás, en lugar de hacer algo divertido, estás haciendo algo que te entristece”. Otra me dijo; “Estás un poco loca, pero sos valiente chamiga” y el resto se calló. Con esas reacciones que habían calado hondo fui a la siguiente reunión y comenté mi experiencia, y tan grande fue mi sorpresa que la mayoría de mis compañeros también habían recibido el calificativo de “locos”. Desde ese momento nos empezamos a llamar “locos”, y nos gustaba asemejarnos al más “loco” de todos los tiempos: Jesús.

Comenzamos un nuevo año y debíamos tener un nombre, algo con el cual la gente nos conociera, en el hospital ya no solo contábamos cuentos, también jugábamos e íbamos adaptando nuestras actividades de acuerdo a la dinámica de la enfermedad. Muchas veces pintamos, leímos cuentos, jugamos a las cartas, cantamos, otras tantas escuchamos a la familia. Esos niños desconocidos se convirtieron en “los peques” nuestros amiguitos del “hospi”.

Antes de elegir un nombre hicimos una larga lista de todo aquello que se nos ocurría, hasta pusimos en la lista un nombre en guaraní, pero después de mucho pensar, votamos y así surgió “Cuenta Conmigo”. Este nombre tuvo su origen haciendo referencia a nuestra primera actividad: contar cuentos y como un juego de palabras, se nombraba uno de los pilares fundamentales de nuestro voluntariado: el compromiso. Decir Cuenta Conmigo era decir que podían contar con nosotros, en lo que podamos servir. Al familiarizarnos con el nombre surgió nuestro apodo: “Los cuentas”, como así también sus conjugaciones “Soy una Cuenta” “Nosotros los Cuentas”.

Luego del nombre vino el logo, que fue otro desafío, una actividad muy linda que nos permitió compartir ideas, ocurrencias fortaleciendo el sentido de pertenencia. El logo elegido lo hizo Celeste, una ronda de niños de diferentes etnias, pero en el centro faltaba algo, y lo pusimos: el monograma que Ignacio de Loyola, siglos atrás, había creado para su Compañía de Jesús. Nada más apropiado podía estar en el centro que el “IHS”, Jesús nos había convocado para esta misión, y Él era nuestro eje.

Si me detengo a pensar en el número de visitas, siento que pasó un siglo desde entonces, pero si pienso en la experiencia de cada visita me quedo corta escribiendo estas pocas páginas, ya que gracias a “El Cuenta” conocí a tantos “peques” que me enseñaron a valorar cada día, cada segundo que respiro, como también a habilitar un camino alternativo para que los problemas cotidianos no obstaculicen la ruta que elijo transitar tratando de ser humana.

Tres años habían pasado desde la fundación del Cuenta, cuando empezamos a despedirnos para siempre de algunos peques. Esos momentos fueron duros, tristes, de una incontrolable interpelación a algo tan contradictorio como es la muerte de niños. Pero en cada “bombardeo” que nos llevaba al duelo, aparecía nuevamente el mejor legado de Jesús: la fe. Y así, como aprendimos a ser constructores de sonrisas, también elegimos ser custodios celosos de los mejores recuerdos y enseñanzas que cada peque nos regaló.

En once años, “El Cuenta” pasó por varios estadíos, uno de ellos fue la prolongación del “amor en acción” en otras provincias, Chaco, Santa Fe, Buenos Aires, Entre Ríos y Jujuy se sumaron a esta red de “locos” y a pesar de la distancia física aprendimos a querernos, por ese punto en común que nos hermana: hacer reír a los peques.

En varias ocasiones me pidieron que defina en pocas palabras el significado que le doy a Cuenta Conmigo, y a pesar de los numerosos intentos por dar una definición, no encuentro palabras para expresar el sentimiento que genera propiciar una carcajada, crear unos minutos de expectativa para un juego, para una sorpresa o bien, parar un poco la vorágine semanal para meternos en el mundo de los peques, ese mundo que por momentos se vuelve árido por la situación que viven, pero donde predomina la inocencia y el amor que regalan en una sonrisa.

Atrás y sin sentido quedaron mis prejuicios, hoy mi hermano Horacio sigue tan firme en “El Cuenta” como yo, y todo lo que creía saber sobre el cáncer quedó absolutamente obsoleto y superado por juegos, cantos y hasta disfraces.

Todavía sigo sin poder dar una definición, pero tengo muy claro que, Cuenta Conmigo en su redescubrimiento constante, me regaló amigos y momentos que superan la ciencia, formación, currículum y trabajo, sencillamente porque, aun creyendo, aumentó al mil porciento mi fe.

Teresita González Azcoaga

19/02/22








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