Se llamaba Hipólita Monzón, pero para nosotros era “Pola” físicamente bajita y flaca con una voz aguda, de anteojos, sumamente trabajadora y pulcra, con una personalidad que imponía respeto, pero no ocultaba muestras de cariño.
Por muchos años se encargó de cuidarnos, ser cómplice y aguantar todas nuestras “diabluras” mientras mamá estaba en la escuela y papá en el negocio. Jugó, limpió, cocinó, lavó planchó, reprendió, educó, fue veterinaria de nuestros gatos, curandera de nuestros empachos y en medio de todo eso, también se divirtió con nosotros.
Muchas veces se fue de casa “con permisos”, pero más veces volvió aunque sea para cocinar una vez más el plato favorito de cada uno de los malcriados, como mis albóndigas con arroz, esas que las hacía “con magia” y cuyo sabor nadie nunca pudo igualar.
Al dejar de trabajar activamente, se dedicó a visitar las casa de sus hijos, nietos y bisnietos esparcidos por varias provincias Argentinas, es que le había llegado el tiempo de dedicarse por completo a ella y su familia, pero cuando hacía alguna pausa en sus viajes, no dejaba de visitar a quienes fuimos un poco parte de su vida.
Pola fue testigo de nuestra infancia, adolescencia y adultéz, nos vió crecer, y eso la legitimaba para darnos un consejo que concluía siempre con alguna anécdota que sabía contar con gracia y picardía.
Pasaron los años, pero ella sigue presente al recordar anécdotas de la infancia anexadas siempre con algunas de sus graciosas frases u ocurrencias, propias de una personalidad que se formó en una vida de sacrificio, pero con la dignidad de una persona que jamás aceptó asistencialismo o beneficencia, puesto que se sentía muy capaz de “tener sus cosas trabajando honradamente”.
Hoy la recuerdo, la recordamos con mis hermanos, en un nuevo aniversario de su partida, a una persona que, sin hacerse notar demasiado, hizo historia en nuestras vidas. Que sigas descansando en paz Pola.
Teresita González Azcoaga
06/09/19