No era la época de fotos como ahora, que tenés el teléfono en la mano y haces la toma que quieras. Era la época en que teníamos un teléfono que enviaba mensajes de texto y servía para llamar, en mi caso dos veces al día para “hablar a casa”. Y por esa razón no tengo fotos tomadas con una cámara con este señor, pero tengo muchas imágenes tomadas con otra cámara, la de los sentidos, cuyos archivos se guardan directamente en el corazón. Ahí está él, sus frases, sus enseñanzas y el apodo que me puso.
Se llamaba
Juan Roque Lencinas y era un Profesor jubilado que preparaba alumnos
particulares. Un día fui a su casa” porque alguien me dijo, “andá a lo de
Sueñito que te va a sacar todas las dudas”. Y llegué a su puerta, golpeé las
manos, me presenté y pregunté si enseñaba Estadística. Había aprobado el
práctico de la materia, pero me costaba mucho la teoría, tenía partes, para mi
inentendibles. Y entonces me hizo pasar a su casa, me presentó a su señora, me
preguntó nombre completo y anotó en una libretita, me dijo que sería su alumna
número…y nunca más escuché el número, porque a partir de ese momento empecé a
tener un lugar en su mesa de estudiantes o en sus tablones de afuera, donde
estudiaban “los más avanzados”, donde había un pizarrón con frases motivadoras
escritas en letra cursiva y con tizas de colores. Y así pasó un mes, todos los
días aprendiendo un poco más, de Estadística y de este señor, un extraño
personaje que te llegaba fácil al corazón, y al que le costaba cobrarte la
clase. El bolsillo izquierdo de su camisa guayabera estaba lleno de lapiceras
de colores: azul para los errores leves, rojo para los errores graves, negro
para las consignas y verde para los ejercicios aprobados, que significaba
seguir adelante “como el semáforo”. Y después de cada corrección siempre había
una anécdota de su vida asociada a esa situación. En su casa éramos entre 5 y 7
alumnos por turno, donde compartíamos experiencias de estudiantes y anhelados
ingresos a las fuerzas o alguna carrera difícil. Es que en ese grupo de jóvenes
compartíamos más que un objetivo común, compartíamos al Profe que nos enseñaba
constantemente lecciones de vida, donde siempre había un mensaje esperanzador.
Y ese mensaje era aún más llamativo y valioso sabiendo que venía de una persona
que sufría una enfermedad, pero no se dejaba vencer por ella. Todos teníamos un
sobrenombre y entrar a la casa del Profe Sueñito era convertirnos en el
personaje que él nos había inventado. Yo pasé de ser “La Itatiana” a “la
gitanita” por unos aros que me puse un día y que tanto le gustaron. Porque así
de detallista era, no solo en Estadística sino también en los pequeños gestos,
en las palabras y su pedagogía tan particularmente hermosa.
El Profe
Sueñito me invitó un día a que fuera su casa en un horario diferente para una
actividad diferente. Y me dijo: “no te asustes porque no es nada malo, pero si
no queres, no importa”. Se trataba de un rato de oración, los viernes a las
18hs nos sentábamos alrededor de su mesa y él nos invitaba a que cada uno
leyera en voz alta una lectura: 1era, salmo y 2da del día domingo siguiente.
Luego, él leía el evangelio, hacía una breve reflexión, ponía una canción
alusiva en su equipo de audio y terminábamos rezando todos juntos un
padrenuestro. Era solo un momento que no llevaba más de media hora, y yo muchas
veces llegué a pensar la poca relación que tenía con la Estadística, sin
embargo, ese momento se convirtió en uno muy esperado en cada semana que duró
el cuatrimestre que fui a su casa. Los meses fueron pasando y empecé a pensar que,
si aprobaba Estadística, igual volvería a la casa del Profe Sueñito a compartir
un rato con él, y así fue, aprobé y seguí yendo durante mucho mucho tiempo.
Pasó Estadística, pasaron otras materias y seguí yendo los viernes a las 18hs.
Es que el Profe Sueñito se había convertido en alguien súper especial que fui
presentado a mis amigos y a la familia. Me acuerdo una de las ultimas charlas
con él, cuando comencé a trabajar dijo: “no importa el cargo que ocupes,
siempre vas a ser una gitanita inquieta, porque ya sos así”. Pasó algún tiempo
de esa conversación y un día me enteré por el diario que había fallecido, decía
“Juan Lencinas” en la sección de avisos fúnebres, fui a su casa golpeé las
manos y nadie salió a atender, su pizarrón estaba limpio, no había frase ni
ningún buen deseo escrito con letra cursiva, no estaba su señora ni ninguno de sus
tres hijos “sus muchachos” que me dijeran si era verdad. Volví otro día y uno
de ellos me confirmó que se había ido para siempre. Empecé a ponerme triste,
pero enseguida recordé una de sus tantas frases “el día que nos vayamos de este
mundo será una verdadera fiesta, que ni siquiera podemos imaginar” y desde
entonces no me permití ponerme triste por el Profe Sueñito, porque su fiesta
había comenzado ese 11 de noviembre de 2010.
Hoy su casa
está algo diferente, pero cada vez que paso por ahí, se abre un archivo donde
están sus imágenes, sonidos y frases como si fuera parte de un backup, esas
copias de seguridad permanente. Juan Roque Lencinas se llamaba, para nosotros
fue el Profe Sueñito, el protagonista de aquellas imágenes que no fueron
tomadas por ninguna cámara de teléfono, sin embargo, permanecen intactas en el
backup del corazón.
Teresita González
Azcoaga
11/11/2020