jueves, 11 de noviembre de 2021

El Profesor Sueñito

No era la época de fotos como ahora, que tenés el teléfono en la mano y haces la toma que quieras. Era la época en que teníamos un teléfono que enviaba mensajes de texto y servía para llamar, en mi caso dos veces al día para “hablar a casa”. Y por esa razón no tengo fotos tomadas con una cámara con este señor, pero tengo muchas imágenes tomadas con otra cámara, la de los sentidos, cuyos archivos se guardan directamente en el corazón. Ahí está él, sus frases, sus enseñanzas y el apodo que me puso.

Se llamaba Juan Roque Lencinas y era un Profesor jubilado que preparaba alumnos particulares. Un día fui a su casa” porque alguien me dijo, “andá a lo de Sueñito que te va a sacar todas las dudas”. Y llegué a su puerta, golpeé las manos, me presenté y pregunté si enseñaba Estadística. Había aprobado el práctico de la materia, pero me costaba mucho la teoría, tenía partes, para mi inentendibles. Y entonces me hizo pasar a su casa, me presentó a su señora, me preguntó nombre completo y anotó en una libretita, me dijo que sería su alumna número…y nunca más escuché el número, porque a partir de ese momento empecé a tener un lugar en su mesa de estudiantes o en sus tablones de afuera, donde estudiaban “los más avanzados”, donde había un pizarrón con frases motivadoras escritas en letra cursiva y con tizas de colores. Y así pasó un mes, todos los días aprendiendo un poco más, de Estadística y de este señor, un extraño personaje que te llegaba fácil al corazón, y al que le costaba cobrarte la clase. El bolsillo izquierdo de su camisa guayabera estaba lleno de lapiceras de colores: azul para los errores leves, rojo para los errores graves, negro para las consignas y verde para los ejercicios aprobados, que significaba seguir adelante “como el semáforo”. Y después de cada corrección siempre había una anécdota de su vida asociada a esa situación. En su casa éramos entre 5 y 7 alumnos por turno, donde compartíamos experiencias de estudiantes y anhelados ingresos a las fuerzas o alguna carrera difícil. Es que en ese grupo de jóvenes compartíamos más que un objetivo común, compartíamos al Profe que nos enseñaba constantemente lecciones de vida, donde siempre había un mensaje esperanzador. Y ese mensaje era aún más llamativo y valioso sabiendo que venía de una persona que sufría una enfermedad, pero no se dejaba vencer por ella. Todos teníamos un sobrenombre y entrar a la casa del Profe Sueñito era convertirnos en el personaje que él nos había inventado. Yo pasé de ser “La Itatiana” a “la gitanita” por unos aros que me puse un día y que tanto le gustaron. Porque así de detallista era, no solo en Estadística sino también en los pequeños gestos, en las palabras y su pedagogía tan particularmente hermosa.

El Profe Sueñito me invitó un día a que fuera su casa en un horario diferente para una actividad diferente. Y me dijo: “no te asustes porque no es nada malo, pero si no queres, no importa”. Se trataba de un rato de oración, los viernes a las 18hs nos sentábamos alrededor de su mesa y él nos invitaba a que cada uno leyera en voz alta una lectura: 1era, salmo y 2da del día domingo siguiente. Luego, él leía el evangelio, hacía una breve reflexión, ponía una canción alusiva en su equipo de audio y terminábamos rezando todos juntos un padrenuestro. Era solo un momento que no llevaba más de media hora, y yo muchas veces llegué a pensar la poca relación que tenía con la Estadística, sin embargo, ese momento se convirtió en uno muy esperado en cada semana que duró el cuatrimestre que fui a su casa. Los meses fueron pasando y empecé a pensar que, si aprobaba Estadística, igual volvería a la casa del Profe Sueñito a compartir un rato con él, y así fue, aprobé y seguí yendo durante mucho mucho tiempo. Pasó Estadística, pasaron otras materias y seguí yendo los viernes a las 18hs. Es que el Profe Sueñito se había convertido en alguien súper especial que fui presentado a mis amigos y a la familia. Me acuerdo una de las ultimas charlas con él, cuando comencé a trabajar dijo: “no importa el cargo que ocupes, siempre vas a ser una gitanita inquieta, porque ya sos así”. Pasó algún tiempo de esa conversación y un día me enteré por el diario que había fallecido, decía “Juan Lencinas” en la sección de avisos fúnebres, fui a su casa golpeé las manos y nadie salió a atender, su pizarrón estaba limpio, no había frase ni ningún buen deseo escrito con letra cursiva, no estaba su señora ni ninguno de sus tres hijos “sus muchachos” que me dijeran si era verdad. Volví otro día y uno de ellos me confirmó que se había ido para siempre. Empecé a ponerme triste, pero enseguida recordé una de sus tantas frases “el día que nos vayamos de este mundo será una verdadera fiesta, que ni siquiera podemos imaginar” y desde entonces no me permití ponerme triste por el Profe Sueñito, porque su fiesta había comenzado ese 11 de noviembre de 2010.

Hoy su casa está algo diferente, pero cada vez que paso por ahí, se abre un archivo donde están sus imágenes, sonidos y frases como si fuera parte de un backup, esas copias de seguridad permanente. Juan Roque Lencinas se llamaba, para nosotros fue el Profe Sueñito, el protagonista de aquellas imágenes que no fueron tomadas por ninguna cámara de teléfono, sin embargo, permanecen intactas en el backup del corazón.

Teresita González Azcoaga

11/11/2020






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