domingo, 27 de septiembre de 2020

Personas que pasan, pero quedan

Hace dos días, el 25 de septiembre, al escribir la fecha del día en mi agenda, vino a mi memoria una persona muy especial, María Luisa Barrios, una señorita de la tercera edad, ocurrente con espíritu adolescente que vivió por muchos años en uno de los departamentos de la planta baja de mi edificio. Sin pensar, un día mi hermano Horacio y yo caímos en la cuenta de que María Luisa ya nos había adoptado como integrantes de su familia, tal vez tratando de suplir la ausencia de su hermana Ñoma, compañera de toda su vida, que había partido inesperadamente.

Oriunda de General Paz (odiaba escuchar y prohibía decir Caá Catí) María Luisa con 20 años, se había trasladado a Corrientes, junto a su hermana, para estudiar y trabajar, se recibió de Perito Mercantil y trabajó muchos años en la Municipalidad de Corrientes. Con el paso del tiempo pudo cumplir el anhelo de estudiar algo que le apasionaba: Criminalística, fue así como se inscribió en la UNNE donde gracias a su espíritu juvenil se mimetizó perfectamente con los estudiantes universitarios a quienes les doblaba en edad, pero a la vez era su par como estudiante jovial. María Luisa fue una mujer de un carácter que se hacía notar, llena de anécdotas e historias, investigadora de todos los crímenes que escuchaba por radio, muy ocurrente, astróloga por vocación con sus cartas italianas, y en una relación con Dios que solo El habrá entendido.

En sus últimos años, sus picardías de niña nos hacían renegar a varios de sus vecinos, como cuando tocaba todos los botones del ascensor para “arreglarlo” logrando que dejara de funcionar. O cuando montaba guardia toda la tarde en la puerta del edificio para evitar el ingreso de “narcotraficantes”. Como olvidar los “pactos” que debíamos hacer con ella antes de las reuniones de consorcio, para evitar discusiones que tenían origen en 1983 y que muchas veces desvirtuaban el verdadero sentido de la reunión.

A veces fuimos sus nietos, otras sus hijos y siempre sus amigos, era una adolescente en el cuerpo de una anciana, con una memoria impresionante para acordarse de los buenos momentos y las mejores peleas palabra por palabra. Cumplió 82 años 7 veces, teníamos prohibido decir su verdadera edad y mucho menos preguntar su año de nacimiento. Cada 19 de agosto recuerdo su cumpleaños, tal como ella decía, porque “nació el mismo día que Sandro”, y se fue en septiembre, tal como predijo en varias oportunidades. 

Puedo seguir escribiendo sobre sus ocurrencias, miles de anécdotas y los consejos que me daba, cuando, a partir de las 22hs no dejaba de tocar timbre hasta que bajara a conversar con ella para escuchar las historias sobre la construcción del puente General Belgrano, lo que pasaba en la Municipalidad, y con quienes tomaba el cafecito de las tardes en “Meca”, todas eran historias con más de 20 años, pero tan presentes en una memoria impecable.

Hoy en el departamento de María Luisa, ese mismo que queda frente a la puerta del ascensor, viven otras personas, y muchas veces, mientras espero subir a mi departamento, miro su puerta y no puedo evitar evocar alguna anécdota, e incluso inconscientemente esperar que ella salga a invitarme a pasar a su casa, junto a sus cartas, sus santos y sus recuerdos.

La fecha que el otro día puse en mi agenda, y que me provocó una sonrisa sin motivo, no habrá sido casual, seguramente María Luisa, desde otro lugar, debe estar tocando algún “timbre”, ese que hace sonar los lindos recuerdos en la mente de quienes la conocimos. 

Teresita González Azcoaga

(27/09/19)



 

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