“25 de mayo 510” decía orgullosa mostrando al cartero, que llegaba en bicicleta, los tres números bien lustrados que lucían en la puerta de entrada de su casa, mientras se escuchaba una melodía en piano ejecutada tímidamente por alguna niña que no superaba los diez años y apenas alcanzaba los pedales de ese gran instrumento. Es que aquella puerta junto al timbre chicharra, invitaba a pasar a una cómoda casa donde el confort se hacía presente de manera discreta pero con la calidez de un hogar cuidado, querido. Su dueña, era una señorita, con la edad suficiente para peinar canas aunque coquetamente las ocultaba con algún artilugio femenino que combinaba perfectamente con su espíritu jovial, su locuacidad, y simpatía. Integrante de una familia numerosa, con una madre ama de casa y un padre prefecto naval, como contaba a sus alumnos, había estudiado piano siendo muy joven y haciendo de su vocación una profesión para toda la vida. Ya estaba retirada de las aulas, pero su hogar seguía siendo casa de estudios, esta vez para los hijos de sus ex alumnos, quienes recibían clases de piano con la carga emotiva de alguna anécdota de la infancia de sus padres, y que sin dudas no había cuota que pudiese pagar tales recuerdos.
Era la
dueña de esa casa, pero no su única habitante, ya que a diario recibía gustosa
a sobrinos y sobrinos nietos que copaban el hogar, dándole aún más vida con el
bullicio donde predominaban voces infantiles. Cada rincón de esa casa tenía
algo de ella, las paredes empapeladas en la sala, el juego de sofás donde cada
tarde compartía con sus visitas mientras miraban televisión, la sala de estudio
donde había un lugar para cada mochila de sus alumnos, un gran reloj
(sincronizado con el de radio Corrientes) que marcaba las horas de ingreso y
finalización de cada clase; y su anfitrión: el piano, que fue víctima de los
alumnos que tallaban grafitis e iniciales como prueba de su paso por ese
majestuoso y desafiante instrumento de 64 teclas blancas. El resto de la casa
siempre en orden y con agradable fragancia, hacía que esa casa no fuera un
lugar de estudio sino más bien un hogar donde se compartía el saber musical.
Esa casa fue testigo de un Itatí tranquilo, donde la puerta de entrada
permanecía abierta durante todo el día, y las ventanas estaban libres de rejas.
Esas mismas ventanas que servían de platea para aquellos que querían ver
televisión y tal vez no podían en sus hogares, o muchas veces sirvieron para
entregar un plato de comida a quien pasaba pidiéndolo. Esta Señorita servicial
y alegre no ocultaba su fuerte carácter para hacer que sus pequeños y jóvenes
alumnos estudiaran con responsabilidad y adquirieran paulatinamente el hábito
de hacer música con método, virtuosismo y ejercitación. Composiciones de
Kolher, Bach, Mendelson, Bethoven, Diabelli y tantos más se escuchaban a diario
en esa casa, ejecutadas con la intensidad propia de cada alumno, pero con la
necesaria corrección de la profesora cuando no se respetaban las alteraciones
musicales. Como olvidar el espacio donde se daban las lecciones de teoría y el
tan temido solfeo, que, al estudiarlo, unía las manos algo arrugadas de la
profesora con las pequeñas de cada alumno, marcando suavemente los tiempos de
cada compás.
Esta
Profesora se llamaba Delicia Ruiz Díaz, aunque para todos era nuestra “Señorita
Chona”, y una de esas nenas a las que le costaba llegar a los pedales del piano
era yo. La Señorita Chona se fue hace unos años, rodeada de sus afectos, con
algunos recuerdos mezclados de una mente ya frágil, y con ella esa casa fue
cerrando definitivamente su puerta, esa misma que lucía el 510. Muchos son los
recuerdos que tengo de ella, y precisamente en esa casa a la que entrabamos
tocando el timbre chicharra y mirando esos tres números, fue el primer lugar
donde festejé el día del profesor y donde orgullosa recibí mi regalito por el
día del estudiante.
Hoy 2 de
julio cumpliría años, no sé cuántos, porque nunca supe su edad (ni me atreví a
preguntarle), pero al pasar por su casa, que ya nada se parece a aquella en la
que pasé tanto tiempo, es inevitable recordar miles de anécdotas y sentir
nostalgia de los sonidos que ahora solo suenan en mi memoria. Aunque su casa se
esté desvaneciendo e Itatí ya no sea el mismo, los recuerdos de la Señorita
Chona Ruiz Díaz permanecen intactos, porque son de esos que dejan huellas,
huellas que suenan muy fuerte, como las melodías que ella tocaba, y todavía se
escuchan cada vez que hacemos caso a la memoria.
Teresita
González Azcoaga